martes, 22 de junio de 2010

El Entierro de los Cachivaches!!!!

Al inicio, toda relación es como una habitación vacía que los enamorados se encargan de ir decorando poco a poco. Las cien fotos que se tomaron juntos; los regalos de cada aniversario; los muñecos de peluche atorrantemente bautizados y tratados como hijos ficticios; las tarjetas de cumpleaños; los tickets de cine de películas memorables; las medallas y pulseras con los nombres grabados; las postales de un viaje inolvidable; las entradas a los conciertos; las cartas - las bonita, las amargas (que quede claro no mails!!!- escritas emblorosamente en una hoja de un cuaderno.
Ese arsenal de chucherías le da a una relación respaldo escénicom un ambiente, un clima, un invisible papel tapiz. Pero, claro, el decorado sirve en la medida en que el lugar está habitado, vivo. Sin embargo, una vez que todo se pudre, se termina, muere, se va al cacho hay que desmontar esa pesada escenografía, iniciar la mudanza y descolgar cada foto, retirar cada afiche y despintar cada letra. En el fondo, no sé qué es mejor: si deshacerse de todas las cosas, o guardarlas en, por ejemplo, una caja de zapatos, esa pequeña tumba de cartón en al que solemos enterrar los residuos humeantes de un amor finiquitado o ya en una bolsa de basura de esas negras gigantes.
Antes me costaba mucho más desprenderme de ciertas evidencias físicas, pero con el tiempo he aprendidoa minimizar esos souvenirs inútiles que dejan las relaciones que se rompen. No soy tampoco de las chicas que, cuando cortan, meten todo en una bolsa (si de esas negras, para darle más aire mortifero al asunto) y, resentidísima, la lleva hasta la puerta de la casa del ex. Ese arbitrario delivery de recuerdos me parece un tanto cruel y revanchista. Además, muchas veces la gente devuelve las cosas, con la manipuladora esperanza de que la otra persona se conmueva ante ese gesto despreciativo y considere la posibilidad de un segundo chance. Si uno en realidad no quiere quedarse con ninguna reliquia del ex, en lugar de devolverlas o esconderlas, simplemente que las extermine y listo. Que rompa las fotos, que queme las cartas, que regale las baratijas. El chiste está en hacerlo con decisión, sin culpa ni anastesia. No como el novio idiota de la película "Una Propuesta Indecente", que destroza con furia las fotos de Demi Moore luego de que ella lo ha abandonado para irse con Robert Redford, pero despúes, arrepentido, las recompone curándolas con cinta scotch.
Últimamente, lo que se ha puesto de "moda" entre los novios vengativos es la difusión de fotos íntimas a través de la red. Hay varias páginas en internet que son como ex novias desnudas, acaso buscando darles un último escarmiento con esa obscena exposición.
Lo malo de confinar los cachivaches de las relaciones en una caja o una bolsa es que un día, digamos un domingo de ocio, estás limpiando tu cuarto, te topas con esa caja o bolsa polvorienta y, en un acto entre nostálgico y masoquista, lo abres. Y como exhumar un ataúd siempre trae consecuencias, enseguida dejas de limpiar y te sientas con las piernas cruzadas en el suelo a ver fotos, leer cartas, a reirte o llorar de los posavasos en los que él te escribío algo. es bien raro eso. Es como husmear en tu pasado y sentir, por unos segundos, que en tu interior se remueven algunos cables chamuscados. Es como forzar una puerta que en tu memoria ya habías tapiado. O - si nos ponemos re metafóricos - es como volver a una isla y contemplar los restos de tu propio naufragio: los huesos, las calaveras, los remos quebrados. Pero la gente disfruta con esas ceremonias.
A la gente le cuesta pasar la página del todo y por eso colecciona vestigios y agrupa minicadáveres cuya misión es imposible: eternizar algo que ya no existe o preservar lo que YA FUE.
He de confesar que yo también he sido una afanosa coleccionista de piezas escogidas de mi biografía amorosa. Pero eso se acabó. Mis últimos fines de semana (los que hay tiempo) los he dedicado a deshacerme de algunos objetos que ya no tiene sentido seguir conservando. Para qué retenerlos si ya perdieron su valor simbólico y dejaron de cumplir su finalidad original: hacerme reír. Es más, ahora me quitan espacio, me estorban y me provocan incómodos flashback, razones más que suficiente para darles de baja, ¿no creen? He empezado por regalar algunas cosas - un conejo percudido, un oso obeso inglés y un pato peludo - cuyas miradas desorbitadas y estáticas me inquietaban cada vez que entraba a mi cuarto por las noches, ahí arriba del librero (Y sí también soy alergíca).
También he decidido incinerar algunas fotos y papeles, y convertir en trapeador el polo lila que un ex me dio de las olimpiadas de su trabajo, esas ropas que te dan con "amor". Eso sin contar las toneladas de fotos digitales que ya "deletee" de mi disco duro. Y no lo he hecho para espantar al monstruo del pasado, sino más bien para despedirlo oficialmente dándole las gracias por los servicios prestados.
Creo que esas extirpaciones son necesarias. Primero, porque es parte de una saludable limpieza interior y, segundo, porque necesitas que tu "habitación" retorne a su vacío original. No vaya a ser que por ahí aparezca un chico nuevo con nuevos cachivaches para ti. y tú no tengas lugar donde acomodarlos.
Estro es para ti amiga!!!!!!!!!!! Me alegra que cierres ese capítulo nefasto en tu vida!!! Siempre es bueno botar no solo los cachivaches, sino esas palabras que alguna vez creíste y que sus acciones te demostraron lo contrario!!!!

1 comentario:

  1. debo confesar que yo tambien he sido presa de esas chucherias, recuerditos, basuritas y demas...a pesar de que rompia todo no paraba hasta el punto de verlo quemado, hecho polvo de ceniza!! aun asi prevalecian en mi memoriaaaaaaaaaa... que ascooooo!!!jaja

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